Skip to main content

Full text of "Cronicas mundanas"

See other formats







DIAZ - BLIXEN - DE LAS CARRERAS 
TORRES - AGUSTINI 


Teófilo E. Díaz ("TAX”) 


En los campos incultos 


se escribe lo mismo en presencia de Sarah Bernhardt, ante 
la influencia de su chisporroteo artístico y sus iluminaciones de 
luciérnaga inquieta en las sombras de nuestros sueños agitados du¬ 
rante su temporada del 25 de Agosto, que poseídos de la emoción 
melancólica que ha producido su alejamiento de Montevideo, en 
cuyas costas del Norte, el ruido de las olas y sus blancas espumas, 
deshechas en las rocas y paredones, imitaban sarcásticamente nues¬ 
tros anhelos vehementes, pero inútiles. 

, Todos los admiradores de S.;rah, graves a su alrededor, aca¬ 
riciaban en secreto la idea de un rapto, como medio de obligarla 
a constituir aquí lo que en París es su confort y su civiliz ción 
artística; y si tal empresa podía considerarse locura, Sarah, ejercitada 
en esa clarovidencia que le era peculiar, penetró el sentimiento 
íntimo, aunque absurdo, de su cortejo, y al contemplar su nombre 
en espléndida bandera al tope del Emper'idór, adornado con flores 
y tules, cruzó por su mente una idea diabólica, rehusándose repen¬ 
tinamente a aceptar los ofrecimientos (que no habían sido objeto 
de anterior convenio), pensando que todo aquel aparato podría 
ser un presente griego para embicarla en el Banco Inglés o en las 
Restingas del Pájaro, 

—Es Monsieur Lussich, es el autor de los ‘'Naufragios célebres”, 
el capital del bateiu, 

—Assez d'Empereur avec Monsieur Decor i dan^ Théodora, 
J^aime mieux l'<.<Uruguayy>: c\est plus répuhlicain. Monsieur Tax, 
pas d'EmpereuTf pas d’Empereur: c^est le bate^.u l'«lJruguayT¡> qidil 
m*en faut. 

La comitiva del Empereur, acostumbrada a grandes emociones, 
no se perturbó por este acto genial de Sarah, y dirigiendo sus mira¬ 
das a una distinguida p::risiense, Madame ühnann, que interesaba 
vivamente por su tipo característico de la más refinada cultura social, 
proclamó para ocupar el sitio de reina a aquella señora, sorprendida 
en su nonchalance y erigida inesperadamente en Emperatriz del barco. 

Sarah Bernhardt llegó en el vaporcito Uruguay a toda fuerza, 
bien pronto, al costado del Portugal, y como tardaran en prepararle 
el pasaje de la borda del petit batean al portalón del coloso, dando 
vuelta su faz hacia nuestra costa poética con sus brumas primave¬ 
rales y sus gaviotas mendigas de los buques, excl;mó: 

—Moins je suis dans le batean, plus je suis hereuse. 




La bahía estaba serena, encantadora, con una franja de ventu- 
riña en el horizonte, todo digno del pincel de Enrique Estrázulas 
o de Manolo Larravide. 

Si las gaviotas tuvieran el mérito de les sarcelles, no estarían 
ahí concurriendo el panorama con su blanco plumaje y sus patitas 
eléctricas, salpicando la espuma o la onda azul: todas hubieran 
desaparecido por chambos de Tax. .. ;Oh, qué placer, si se pudiera 
volver aux champs incuites! 

Sarah a cada instante decía una frase digna de atención y de 
exquisita galantería, sin afectación, sin malignidad. 

Sus genialidades suelen perjudicarla, porque los resentidos la 
calumnian, no conociendo que esa ambición de conocer y tratar a 
Sarah Bernhardt, no puede realizarse con la misma facilidad que 
ofrecen ciertas estrellas de falso cielo, que necesitan de la benevo* 
lencia de todos, conseguida con adulaciones anunciadas con matraca. 

Sarah Bernhardt no podría, como ser humano, vivir y descan¬ 
sar, si permitiera a su lado las manifestaciones espontáneas de la 
admiración de arte y del sentimiento más común de la humanidad, 

—Cest sur qu^elle étoufferait. 

Las personas de buen criterio deben encontrar bien natural que. 
Sarah reglamente su hotel y su lo ge, como el Papa su Vaticano, y 
aún con más rigor. 

El rubí del Papa se besa en determinados días. 

Sarah no permitiría debilidades o misticismos —y haría perfec¬ 
tamente bien— sobre sus piedras preciosas. 


—^La crónica de Ud. es también, como el vaso de Sévres, artículo 
de París. 

—Madame: no tengo vanidad de escritor; pero el aplauso de 
Ud. me autoriza a tenerla. Mi vanidad hasta hoy es bien modesta: 
—Mon chien de chas se, tres aristocratique parce qu'il mord aux 
créanciers, parce qu^il caresse les personnes distinguées el demontre 
son orgueil comme premier prix dans un concours á Rome des plus 
fins ennemis des perdreaux, 

—Monsieur Tax, fai accepté la fleur cueillie dans les champs 
incultes; mais ie désire trés-formellement connaitre ces champs; et 
il faut me conduire á la chasse de chevreuils, 

— Este-ce que vous avez des armes? 

—Mais oui! J'ai mon Éclair á 800 métres. 

Todos los esfuerzos de Tax fueron inútiles para organizar un 
paseo campestre en cierta forma de comodidad, cambiando el nú¬ 
mero del programa: chevreuils por una buena cave en Toledo, un 
chutean —chatean Federico Vidieila— con todos los accesorios gra¬ 
tos y unas 700 hectáreas de buen pasto para caminar al oxígeno y 
voltear una veinte perdices durante diez horas de esfuerzo, con un 
mestizo de pointer y galgo de Milán. 

Sarah Bernhardt ambicionaba caza mayor, y ya puesta en ese 
temperamento, era difícil impedir su propósito. 

—// m’en faut des chevreuils, ou des chats- tigres, 

Messieurs Decori, Angelí, Darmont, Deval, Tarenne, habían 
comprendido que era necesario complacer a la famosa estrella. 

Tax se acordó de su gato de Minas, diciéndole con cierta 
tristeza: 

—Yo tengo un gato espléndido en Cebollatí; pero no hay 
tiempo de traerlo. 

Sarah, en conocimiento de la propiedad felina montés de Tax, 
quiso mandar en tren expreso a Minas a Monsieur Decori, acompa- 


434 







ñado de un baqueano de los campos incultos, para conseguir el g-ito; 
y su exaltación era tanta, que pretendía organizar una expedición 
sin tardanza, suf4e-champ» 

—Monsieuf Decori, prnez, faites ... deux chevaux d Vinstant.,, 
deux juments !... Oh mon Dieu! 

Tax tomó la cuestión con calma, y notando que no era posi¬ 
ble demostrar la inutilidad de la expedición ante la proximidad de 
la partida, se propuso hacer girar el tema sobre un eje d^esprit, e 
interesando la atención de la señora Sarah, presentó la siguiente 
adivinanza: 

—¿Cómo podría colocarse un chai en la cabeza de cualquiera, 
y presentarse en Londres sin que ninguno lo advirtiera.^ 

—Ditesf dites, Monsieur Tax. Je veux le savoir. 

— Trés-facilement. 11 suffit de quiter le C au chat et vous 
obtiendrez un Hat (sombrero), et alors les angltis resteront comme 
toujours sérieux. 

Madame Sarah Bernhardt —continuó Tax — si hay dificultades 
para realizar la combinación del Hat, existen mayores para obtener 
el chat-tigre de Minas antes de la salida del Portugal. 

La idea sobre adquisición del gato quedó completamente disi¬ 
pada, y la expedición at^x chevreuils, definitivamente pactada, con 
supresión de toda persona que no fuera devota a San Humberto. 

Los amigos de Tax, al bombo. 

Tax quiso eliminarse; pero la señora Sarah dijo: 

—Monsieur Tax, silence! Vous ne pouvez pas manquer: il nous 
faut un premier macbiniste. 

—Tres bien; faccepte, si vos charbonniéres pleines de talent et 
de grace, sont en disponibilité. 


Sarah Bernhardt había hecho preparar el panier, —modesta 
clasificación a cinco grandes cajas de Champagne Roederer, Fdté 
de foie gras, Abacaxis, Dindes truffées, Liqueurs, 

Tax, en menor escala, llevaba su panier de Johannisberg —ese 
vino rubio del color de sus cabellos— Moet et Chandon, et cigares 
de la ^'Prominencia'^ 

A las 2 de la mañana el tren expreso cortaba la escarcha, anun¬ 
ciando con ráfagas de vapor y el estrépito desigual del pito, la 
proximidad del peligro a las soñolientas ovejas, acostumbradas a 
reposar en el balastro de las curvas. 

El Rhin era exquisito, el Champagne estimulaba la espiritua¬ 
lidad. 

La cena en el expreso fue interesante. 

Los brindis, breves y expresivos. 

Sarah Bernhardt hizo un justo elogio a nuestras mujeres. 

Tax brindó al talento y al corazón de la Francia. 

Madame Marcelle Deval dijo con inmortal estilo un verso de 
Musset: 

Nous écoutions la nuit, etc. 


Tres breaks preparados a nuestro estilo criollo, esperaban a la 
comitiva en la estación “Floridacon buenos fletes y muchachos- 
cocheros, diestros en los pasos de los arroyos crecidos y en los repe¬ 
chos y bajadas. 


435 






—En rouíef 

— Esf-c<^ que vous déshez connaUre Monsietir le Préfet? 

— Non, Monsieur Tax, pas de Préfet, pas de Pólice; nous som^ 
mes bien préptrés pour résister tout seuls aux bandits. 

Todo el mundo de bocas granaderas. 

Sarah Bernhardt, con un traje riquísimo color marrón, botas 
altas de charol, un peto celeste apenas perceptible, un sombrero 
blanco, gacho, sujeto por largo alfiler, de punta de turquesas, y 
su Winchester Eclair a 800 metros. 

Tenía el aire del estudiante Pereda en La Forza del Destino^ 
Son Pereda, son rico d^onore. 

La impresión más culminante fue la entrada de los breaks al 
paso crecido del arroyo Santa Lucía, 

—Une photograpkie, cfest ravissant! 


Un pecho-colorado sobre una matita de gramilla, produjo la 
primera conmoción a los cazadores intérpretes de Dumas y Sardou. 

— Arrétez !, .. arrétez !. .. 

Los cocheros no entendían la voz de mando. Siguieron al trote, 
y espantaron el pájaro. 

No tardó en presentarse otro ejemplar ornitológico, luciendo 
el pecho rojo entre las espinas de unos cardos. 

—Estos pecho-colorados andan endemoniados con las escrí- 
ciones de votos y las cédulas de vecindad, —dijo uno de los coche* 
ros. —|Ahí lo tienen a tiro! 

Y un tropel de tiradores con escopetas Greener, otros con ri¬ 
fles, pálidos y nerviosos, hicieron una descarga cerrada al pobre 
rojo y le destrozaron hasta el punto de no conocerse el color de 
la pluma. 

Este accidente'motivó una oportuna reglamentación. 

Se votó por aclamación que la señora Sarah indicase el turno 
de cada cazador. 

— Tax! Tax! Tax! deux grands oiseaux dans le tac.,* ¿ vous!. ., 

—Deux cañarás, Madame ... silence !.. • 

Los patos estaban cerca uno de otro, en la sombra de una 
barranquita al borde del agua; sus cabecitas redondas, de picos cha¬ 
tos, atentas a los movimientos de la comitiva, indicaban que esta¬ 
ban alerta, y se mecían sobre sus nadaderas de cabritilla gruesa, 
buscando seguro apoyo para desplegar sus alas de azul tornasol con 
ribetes marrón, y lucir en la altura sus pechos impermeables con 
pintitas blancas. 

Duc se arrastraba como una anguila, interpretando los movi¬ 
mientos de Tax al aproximarse al tajamar sigilosamente. 

¡Pum!... a 40 metros. 

¡Pum!... a 55 metros. 

Los patos lucieron sus colores un momento, se despidieron del 
sol abriendo en el aire sus picos anchos, y cayeron en revoloteos a 
satisfacer las ansias de Duc, que trajo, por turno, a los pies de su 
señor, dos espléndidos sarcelles, ofrecidos en el acto a la adora¬ 
ble reina. 

— Bravo!... bravo!.. ^ 

Una bandada de pecho-amarillos por un lado, con sus gritos 
que parecen de auxilio en un momento muy desesperado; a otro 
lado algunos rojos dispersos con su estridente criik-criik; en los 
alambrados una bandada de torcazas; en la cuchilla unos teruteros 
auteros. 





Sarah, recibiendo en su coche una cantidad enorme de pájaros 
y palomas, que formaban un conjunto muy vistoso, era tan feliz 
como Diana en sus espléndidos días al pie de la montaña. 

La naturaleza prestó concurso incondicional a aquel día de des¬ 
canso para Sarah, ávida, naturalmente, de sacudirse el polvo de las 
bambalinas y máquinas del Solís, y restaurar su fisiología traqueada 
por las emociones de la gloria, aspirando el oxígeno puro de cam¬ 
pos incultos, verdes, frescos y placenteros. 

Sarah Bernhardt anhelaba aproximarse a los chevreuih. 

Los breaks iban ya próximos a la estancia de don Marcelino 
Urioste, de sabor clásico oriental. 

La comitiva llamó la atención desde lejos, y don Marcelino ya 
supuso que se trataba de visitantes para su estancia. 

—^Nuestro objeto, señor, es entrar al campo y encontrar vena¬ 
dos, aunque no tengamos que comer en todo el día. 

El propietario quería ser amable y no se animaba. 

Se encontraba en una situación difícil, rodeado de tanto caza¬ 
dor, y sobre todo de Sarah Bernhardt y Marcelle Deval, cuyos trajes 
de hombre no les privaba de la gracia y seducción de su sexo. 

El disfraz de aquéllas no era para don Marcelino, ni para nadie, 
capaz de hacer confundir un sexo con otro. 

Esos trajes de caza son coquetos y estudiadamente seductores, 
a diferencia del traje de Don Juan al entrar al serrallo disfrazado 
de mujer. 

Nadie hubiera dicho que Don Juan no era una legítima moza, 

la noche de su encierro en el serrallo, y si bien las turcas se mos¬ 

traron demasiado empeñosas en ofrecer su lecho a la recién llegada, 
debe suponerse que fue por pura amabilidad y no por el instinto 
del sexo que conoce al otro por su característico perfume. 

Don Marcelino, hombre viejo, asimismo tuvo su desconfianza 
sobre las cazadoras; pero en cuanto las olfateó de cerca, hubiera 
querido convertir a Madame Deval, por lo menos en la inocente 
Doudou, para hacerla soñar con la manzana de oro de cuyo centro 
salió el áspid autor del grito que despertó en sobresalto a sus com¬ 
pañeras envidiosas. 

El propietario, repuesto de su emoción, se acomodó el gacho, 
se rascó la oreja e hizo una mueca que no pasó inadvertida para 
Sarah y que se comentó más tarde. 

La mueca del gourmet leyendo un menú de encargo para otra 
mesa, chez Charpentier, 

Don Marcelino habló finalmente, y mandó un peón para que 
indicara a la expedición el sitio de los venados. 

Eran las diez cuando aparecieron los chevreuih a distancia de 
quince cuadras. 

Silence!,,. silence!.,. les voild... Monsieur Decori, mettez 
six bailes. 

Los tiradores fueron colocados por Sarah en guerrilla, tomando 
una extensión de cinco cuadras. 

Los venados estaban a ocho, alejándose despacio. 

—Faites feu! —gritó Sarah. 

Y una tormenta de balas se desencadenó sobre los pobres ve¬ 
nados, que huyeron despavoridos e ilesos hasta saltar los alambrados, 
y para no reaparecer, quién sabe en cuánto tiempo, en el mismo 
potrero. 

—]e ne suis pas contente, 

—Es necesario corregir el método. Tres tiradores solamente 
deben desprenderse del grupo, y el resto quieto: que sea el tribunal 
de honor que decida del mérito de ios blancos. 


437 





— D\:ccord, 

S :rah, Marcelle, Tax, formaron la vanguardia de un nuevo reco¬ 
nocimiento. 

El resto del grupo quedó compacto y quieto en unas rocas, 
que parecían apiñadas por la escoba de un gigante sobre una colina 
verdosa y fresca de agua de sus manantiales. 

Tres venados surgieron de una cañada de leve murmullo, y 
estiraron sus pescuezos color racchout des atabes, 

Sarah arregló su mira a 800 metros y tiró nerviosa. 

El venado recibió tierra en su barriga blanca y se espaturró. 
La bala pegó cerquita. 

—Á rrioi! —dijo Tax, 

— Kon, 7ion, non; laissez-moi tirer: il faut que je tire, 

—Vous étes nerveuse,,, Pardon! 

Y Tax apuntaba a una venada con su Martiny. 

—Ne m’agacez pas, Monsieur Tax: coquin que vous étes! 

El tiro de Tax fue certero. La venada cayó como herida por 
el rayo. La bala le atravesó el cráneo. 

— bzfdmef ... mais le coup a été admirable! 

—Vous me querellez, Madame, Est-ce que vous croyez que vous 
étes seule Sarah Bernhardt ?,.. IS/íoi aussi je suis Sarah Bernhardt 
au sujet des nerfs, 

— MaiSf Monsieur Tax, c^est tout fini; allons voir le jameux 
chevreuiL . . vous tkez adrnirablementl!! 

A poco rato, apareció atónico un aveztruz macho, espléndido 
de pluma. 

—Voild Vautruche; préparez votre hausse a SOO métres, 

— Pum! 

Une baile ravissante de Madame Sarah Bernhardt se alojó en 
el tronco del cuello, ya amortajado por su propia pluma, del bizarro 
zancudo. 

El tribunal de honor, que contemplaba mudo las escenas, se 
precipitó en seguida desde la colina verdosa, proclamando a los tira¬ 
dores. 

Número 1, Sarah Bernhardt. 

Número 2, Tax, 

—Et vous, Madame Marcelle? 

•—]^ai oublié mes cartouches, 

— Oh! Madame, vous blessez toujours sans armes. 


—Doctor Tax: manda decir don Marcelino que los asados con 
cuero van a estar prontos y que les avise a los franceses para que 
no tarden, porque se pueden pasar. 

—A las dos estare.mos allí. 

Y arrancó el peoncito, montado en un overo de día de fiesta, 
a todo galope hacia la estancia. 

Los c:, 2 adores iban llegando al llamado de Sarah Bernhardt, 
porque es agradable obedecerla. 

La comitiva tomó su asiento respectivo en los breaks, y don 
Marcelino, mirando su reloj, dio muestras de satisfacción, notando 
la exactitud de los franceses. 

Los expedicionarios invadieron la casa, ávidos de azotar la cara 
y las sienes con agua fresca. 

Depuestas las armas, fueron reemplazadas por jabones Lubin, 
Eau de Cologne, Héliotrope Blanc, 


438 








Los cazadores, alegres y espirituales como legítimos parisienses, 
se reían y contaban sus episodios. 

Tax cantó en francés la serenata de Faust, mientras las caza¬ 
doras, encerradas en su toilette, refrescaban sus coqueterías y sus 
trajes. 

Vous qui faites Vendormie, 

N'entendez-vous pas ... 


—^Vamos a ver los asados —dijo don Marcelino—; mire doc¬ 
tor: hace diez años que no veo francesas ... y éstas son superiores; 
dígale a la Strch que he leído lo que le dicen en La Razón, y que 
le he carneado la mejor vaquillona del rodeo. 

La impresión producida por los asados es indescriptible. 

Era un cuadro sublime ver a Sarah Bernhardt —cubierta con 
una manta regia de pieles de lobo con botonadura de piezas de 
marfil de diez centímetros, esculpidas en diversas formas indianas: 
tigres, palmas, camellos, elefantes, chinos—, interrogando a los pai¬ 
sanos de chiripá, que, con natural agasajo, mostraban sus deseos 
dignos de reconocimiento, de atender lo mejor posible a aquella figu¬ 
ra atrayente y dominadora. 

En la mesa, sentada entre don Marcelino y Tax, hizo prodi¬ 
gios de espiritualidad. 

Todos pronunciaron brindis en francés a favor de don Marce¬ 
lino, y Tax ios traducía. 

—Ce monsieur est il riche? 

—ll a des millions, 

—ALis naturellement! Je le connais au café qtdil prend, quHl 
est fiche. 

— 5.000 vaches et 20.000 moutons. •, 

— OoooohU !... 


A pesar de las dificultades del tra^^ecto, que pasaron sin adver¬ 
tencia ^or el estado del ánimo y la influencia del día tan chro y 
tan bello, Madame Sarah Bernhardt suponía que nuestros caminos 
son como la voirie en Francia. 

—A dix heures du soir not^s partiron pour Florida! 

Ahora, señor Tax, voy a hablar a Ud. muy formalmente: — Je 
veux un drame. Je le traduir¿.i pour mon thúdtre d París. 

— Madame ... 

—Ne discutez pas; vous étes bien cap able de le faite avec un 
grand succés. 

—En fin ... je demanderai protection au ciel... et vous Fau- 
tez... en deux actes. 


La noche tranquila y ese fantaseo del viajero que en las som¬ 
bras cree ver todo lo que desea y adora, hicieron aquella travesía 
inolvidable bajo el sonido de la voz celeste de Sarah, dejando perder 
en ios espacios de nuestros campos incultos frases dignas de ser 
recogidas prolijamente por el criterio más sobresaliente entre los 
habitúes de Eignon Foy. 


439 







Un retrato con margen blanco amplio, fue la síntesis de una 
simpatía intelectual, romántica y caballeresca, entre Satüh y Tax, 

**5ouvenif d'une journée adorable passée en sa compagnie, d*une 
querelle de chasseurs, et d'une promes se d'un che\ d'oeuvre —Sarah 
Bernhardt — 1895'^ 

Tax mandó su retrato con esta explicación: 

**Dans ce portrah je suis immobile comme sous Vinfluence d*un 
étre aperan subitement qui émeut et éblouif\ 


Samuel Blixen 

Dalmiro Costa 


Si alguna vez he podido felicitarme de no conocer suficiente¬ 
mente la tecnología musical, ha sido al tomar la pluma para escribir 
sobre Dalmiro Costa. Esto, que a primera vista parece una gran 
paradoja, tiene sin embargo su satisfactoria explicación. Nuestro mú¬ 
sico es, en su arte, lo que ayer se llamaba sencillamente un original, 
y lo que hoy, con más pedantería, se denomina científicamente un 
desequilibrado. En ese reino can pacífico de la música, que ve casi 
siempre acatadas sin protesta las leyes que fijaron los clásicos, es, 
en su esfera, un turbulento como Berlioz y un revolucionario como 
Wagner. Tiene la rara fortuna de ser una individualidad indepen¬ 
diente: no somete sus composiciones sino al propio criterio; aunque 
no lo diga, se ríe de las reglas, cuando no están de acuerdo con su 
música, y no reconoce otro yugo que el de su original ísima inspira¬ 
ción, ni más ley que la de sus caprichos. Esto, que para mí es una 
cualidad, es tal vez un pecado para el músico sabio, para el crítico 
que tiene en la punta de los dedos las leyes todas de la armonía y 
de la composición, para el virtuoso que no concibe la frase meló¬ 
dica fuera de la tradición clásica de Mozart o de Paisiello. Si ellos 
juzgaran, la música de Dalmiro sería condenada por las cualidades 
mismas que constituyen su belleza sorprendente, por las rebeliones 
del genio, apreciadas conforme al criterio mezquino de las reglas, 
quedarían tal vez reducidas para los doctos a la triste condición de 
barbarismos musicales. ¿No es preferible ser lego, con tal de no 
caer en semejante absurdo? Condenar las composiciones admirables 
de Dalmiro a causa de los errores de factura que puedan contener, 
¿no es casi tan ridículo como argumentar contra una obra maestra 
literaria, tomando por base el lapsus cahmi ortográfico que por 
casualidad se encuentra en el manuscrito? 

Por otra parte, no es con arreglo a los principios musicales que 
debe hacerse el proceso crítico de Dalmiro Costa. Si es, como dicen, 
un rebelde alzado contra la tradición aceptada, el hecho mismo de 
su rebeldía lo coloca fuera de la ley común. Quien lo juzgue, debe 
hacerlo conforme a un criterio especialísimo, que sólo puede tener 
por razonable base la doble originalidad de la vida y de la obra 
de nuestro compositor. ¿Cómo aplicar el cartabón con que medimos 
diariamente a los compositores de pacotilla —que la vorágine de 
la moda suele sacar por un solo instante a la superficie—, para 
valorar la talla de un talento extraordinario, que tuvo desde la in¬ 
fancia una de esas milagrosas revelaciones de que se vale a veces 


440 






la Naturaleza para anunciar de antemano la ruta que han de seguir 
sus hijos predilectos? Ciertos actos inconscientes de la primera 
edad del hombre, pueden indicar, con rara elocuencia, tanto la 
índole de su futura personalidad, como el carácter de sus ocultos 
destinos. Apenas Baco aprendió a caminar, cuando, según la mito¬ 
logía, buscaba ya los dulces racimos silvestres, con cuyo yugo se 
embadurnaba todo, después de saciarse; Aníb.J, robado de su cuna 
por un águila que le arrebató en los aires, supo morder con terrible 
furia el pescuezo de su enemigo, h.sta que llegó a dominarlo qui¬ 
tándole la vida; y el niño Aquiles, en el regazo de su nodriza, ya 
batía palmas en señal de contento a la vista de una espada. Todas 
estas leyendas serán tal vez más poéticas, pero no más elocuentes 
que una anécdota recogida por el ilustre Alberdi, referente a un 
niño de dos años de edad a quien su madre asombrada encontró 
un día gravemente sentado al piano, tomando posesión del instru¬ 
mento con sus débiles manos y arrancando al teclado acordes tan 
armónicos como perfectos. Ese niño prodigio era Dalmiro Costa, 
ante cuya extraña precocidad musical palidece cuanto de extraordi¬ 
nario se cuenta respecto a la juventud del divino Mozart. 

Ha pasado más de medio siglo desde que tuvo lugar el mila¬ 
gro relatado por Alberdi, y que significaba toda una predestinación 
para quien luego ha sido el gran compositor, único en su origina¬ 
lidad, a quien no se le ha negado jamás en el Río de la PLta ni 
la admiración ni el aplauso. Las facultades de Dalmiro crecieron y 
se desarrollaron en medio de una independencia casi salvaje: feliz¬ 
mente para él, no tuvo maestros que pusieran freno a su inspira¬ 
ción, ni reatos a sus grandes osadías. Su genio puede compararse a 
una de esas plantas selváticas de ios trópicos, que extienden sus 
ramas en la dirección que más les place, sin que la mano del arbo¬ 
ricultor venga a podarlas cuando se ostentan más frondosas, ni a 
adulterar su poderosa savia con ajenos injertos. Esa planta libre no 
es tal vez tan pulcra como las que se cuidan con todo esmero en 
los invernáculos; no tiene el tronco uniforme recto, ni las hojas 
limpias, ni la copa redondeada; pero, en cambio, posee penetrante 
aroma en sus vividas flores y delicioso sabor en sus frutos agridul¬ 
ces. La inspiración de Dalmiro será tal vez incorrecta, pero tiene su 
aroma especial (si me es permitida la metáfora) en el sentimiento 
poético, y su sabor de originalidad, entre dulce y amargo, en la 
eterna melancolía de que está impregnada. 

No hay música que contenga estas dos cualidades en mayor 
grado que la de Dalmiro, ése es precisamente el secreto de su éxito 
extraordinario. Habrá quien discuta la corrección de Nubes que 
pasan; pero, de seguro, no hay quien ponga en duda su belleza. 
En la obra más desaliñada de nuestro compositor hay siempre una 
melodía que encanta, que fascina, que subyuga; no hay tempera¬ 
mento humano, por linfático que sea, que no se impresione, se 
estremezca y vibre cuando Dalmiro recorre el teclado como un po¬ 
seído, y parece infundir al instrumento, no sólo su potente nervio¬ 
sidad, sino hasta el hálito mismo de su inspiración y los arrebatos de 
su alma de artista. La aspiración de Schumann: —'‘Melodías! ¡Melo¬ 
días bien francas y bien nuevas! “— se ve realizada por completo 
en la música de Dalmiro; pues sus frases geniales asombran por la 
novedad y encantan por su espontánea delicadeza. Al oírlas, se pue¬ 
de afirmar con Víctor Hugo, “que el sabio pregunta: ¿cómo? y el 
pensador: ¿por qué?“ Si es cierto, como lo sostiene la estética con¬ 
temporánea, que la obra hermosa es aquella que produce una emo¬ 
ción intelectual profunda y compleja, no existe nada más artístico 
que las obras de Dalmiro, aunque rabien todos los preceptistas habi¬ 
dos y por haber. La misión de la melodía es impresionar el alma 

’ -- ■ 441 





deleitando e! oído: la de Dalmiro llena, como ninguna, esas dos 
condiciones. —‘Tiene defectos’'—, exclaman los intransigentes. 
—'V;Dónde están?”— pregunto yo. El arte ha roto, en todas sus 
manifestaciones, el molde de las antiguas reglas: en música son 
admitidas hasta las disonancias; es decir, la negación misma de la 
armonía, como en literatura se aceptan las malas palabras, cuando 
son necesarias para producir un efecto. La frase se ha desligado 
por completo del compás, y ya no hay para ella ni giros forzosos 
ni ritmos obligatorios. De un siglo a esta parte, la música ha sufrido 
la misma evolución que la literatura, dejando gradualmente de ser 
un arte aristocrático (Berlioz participó de este error), para con¬ 
vertirse en una fuerza esencialmente democrática. Ayer sólo los 
virtuosos comprendían a Bach, como los pedantes a La Harpe, por¬ 
que la música y la literatura tenían por única misión deleitar a 
ciertas inteligencias preparadas, mientras que hoy hablan a todos 
los corazones por medio de los sentimientos que provocan. La melo¬ 
día, como el verso, no tiene ya un interés restringido: tiene un 
interés humano general, absoluto, desde que trata, no sólo de agra¬ 
dar, sino tanribién de conmover. Por eso pregunto: en la múuca que 
hace una y otra cosa ¿puede haber errores? ¿Puede haber faltas 
en las composiciones de Dalmiro, tan emocioniles y por lo mismo 
tan humanas? ¿No realizan por completo el ideal del arte: hablar 
al alma? 

Si la música fuera, como decía Mme. de Stael, una simple 
"arquitectura de sonidos”, comprendería los errores de construcción, 
traducidos en falta de solidez y de belleza en la frase. Pero sostener 
que el arte divino nace de la metódica y ordenada disposición de 
Lis notas en el pentagrama, me parece algo tan absurdo, como la 
teoría de Apuleyo en su “Tratado sobre la Filosofía de Platón”, 
que atribuye el origen de la tierra a la co:nbinación de triángulos 
rectángulos, y el del aire y el fuego a la de triángulos escalenos. 
;Por Dios! jNo son las reglas, no son ios preceptos, no son las 
notas sometidas a un sistema, lo que constituye el encanto y a la 
vez esa misteriosa fascinación de la música, que hace sentir, que 
enseña a amar y hasta obliga a creer! Cest la musique qui m^a fait 
croire en Dieu, ha dicho de Musset, constatando el hecho, ¡y eso 
que nunca oyó a Dalmiro Costa! Pero no se refería, seguramente, 
a esa música nacida de una penosa y paciente elaboración, en que 
todas las formas han sido escrupulosamente respetadas y en que 
despunta la sumisión a las máximas sacramentales hasta en los de¬ 
talles ínfimos. Esa puede ser admirable sólo para los que apreci.in 
las cosas con el criterio especialísimo de aquel buen pedante que 
exclamaba: —"jQüé obra portentosa la Naturaleza! ;Pensar que 
hasta la menor de las cosas que la componen tiene su correspon¬ 
diente nombre en latín!...” Plagiando esta ocurrencia se podría 
decir de la música-industrial: —’'¡Qué cosa tan bella; IPensar que 
cada uno de sus detalles tiene su nombre especial ya previsto y 
consagrado en los textos! 

Hay quienes sostienen que a Dalmiro le falta un poco de es¬ 
tudio. Tal vez tengan razón; pero la cosa es ya irremediable. Es 
mucho discípulo para cualquier maestro. Nadie se atrevería a en¬ 
señarle el procedimiento para escribir buena música, de miedo que 
le conteste ingenuamente, como Mr. Jourdain al profesor que le 
enseñaba lo que era hablar en prosa: —“jY yo que, sin saberlo, no 
he hecho sino eso toda mi vida!” Porque Dalmiro tiene, ante todo, 
el instinto de su arte: conoce la belleza, y sólo a ella rinde culto. 
Casi me atrevo a afirmar que D.ilmiro es un clásico, si se considera 
tal a quien posee la manera primitiva, amplia y generosa de inter¬ 
pretar la melodía sin forzar sus giros, agotar sus recursos ni afearla 


442 





con cargazones inútiles. Como Mozart, como Haydn, es el amante 
de su propia musa, y por eso la acaricia, la mima, la envuelve en 
halagos. No conoce los arrebatos histéricos de algunos autores con* 
temporáneos, quienes, en el paroxismo de sus brutales amores, lie* 
gan hasta vapulear la melodía que adoran y a atormentar la ins¬ 
piración que baja del cielo para besarles en la frente. Tal vez a 
eso se debe el encanto especial de esas notas que respiran volup¬ 
tuosidad, sentimiento y ternura; de esas frases exquisitas que Dal* 
miro prodiga con tanta largueza, como un hombre que teniendo 
llenos los bolsillos de pedrería, encontrara placer en hundir en 
ellos las manos y arrojar a los aires puñados de esmeraldas, de ru¬ 
bíes, de zafiros y de brillantes, por el solo deleite de admirar la 
combinación de sus fulgores, al resplandecer las facetas heridas por 
el sol, como los brilladores matices de un fuego de artificio. No 
agota, como tantos otros, el tema que urge en su imaginación; no 
le exprime el jugo hasta secarlo, ni lo manosea hasta la saciedad, 
ni lo martiriza para darle variadas formas, porque siempre está 
seguro de encontrar la nueva melodía que ha menester en el fondo 
de su inspiración, como el héroe de aquel cuento de Andersen, 
que siempre encontraba un doblón de oro en el fondo de la bolsa 
encantada. A veces no desarrolla el tema hasta los últimos límites, 
porque se interpone una nueva idea que lo aparta de la primitiva 
corriente melódica... y que le impide ser un compositor consu¬ 
mado. Pero eso ¡qué importa! Nadie más perfecto que Sebastián 
Bach, y con toda su perfección suele hacer dormir. Por el contrario 
la música de Dalmiro (que tal vez —¡oh vergüenza!— no sabe 
hacer una fuga con arreglo a los preceptos) tiene el mérito raro 
de no aburrir nunca, de despertar en el alma los sentimientos que 
suelen apagarse en la lucha diaria por la existencia. Más que un 
conjunto de melodías, es un bálsamo para los corazones dolientes, 
un rocío vivificante para los espíritus hastiados. Por eso será siem¬ 
pre acogida con simpatías por los que sufren y los que piensan, 
y mientras haya en el mundo quienes sepan apreciar en cuanto 
vale como elemento de arte ese claro oscuro de las almas enfermas 
que se llama melancolía, vivirá La Pecadora en el cariño de los 
hombres. *'Vefha, vitae aeternae h ibes'\ dijo Juan a Jesús. Si hu¬ 
biera oído a Costa, habría añadido que también la nota, como la 
palabra, tiene asegurada la vida eterna. 

Para la música de Dalmiro no existe sino un intérprete po¬ 
sible: el mismo Dalmiro. En él las facultades del ejecutante son el 
complemento indispensable a las del compositor. La extraña ori¬ 
ginalidad de sus melodías exige, para triunfar de los oídos rebeldes, 
el auxilio de una ejecución especialísima, no tanto por su brillo y 
por su potencia, como por la expresión y el sentimiento. Sin em¬ 
bargo, no pecan por su sencillez, ni Fosforescencias, ni Nubes que 
pasan, y si yo fuera un virtuoso, tal vez encontraría tema en sus 
múltiples dificultades para un curioso e interesante estudio sobre 
el mecanismo especial de Dalmiro, por el estilo de los que el barón 
Ernouf ha consagrado a los más notables pianistas de Europa. Podría 
explicar entonces cómo abrillanta nuestro compositor sus propias 
obras por medio de caprichosos arpegios, de escalas cromáticas y 
de extrañas combinaciones de notas sueltas, vistiendo, por decirlo 
así, sus frases más melancólicas, con un alegre repiqueteo de cas¬ 
cabeles, y hallando en ese contraste original, los mismos poderosos 
efectos que Bizet y Delibes. Pero no soy músico: debo, por tanto, 
renunciar a hacer la autopsia del método dalmiriano, y a dar con 
la razón científica de su variedad en la melodía y en los ritmos, 
de sus audaces combinaciones y de sus curiosas transiciones armó¬ 
nicas. Observaré, sin embargo, que el piano se transforma a tal 


443 




punto cuando las manos de Dalmiro Costa emprenden sobre el 
teclado un verdadero steeple chasse, a saltos nerviosos y desiguales, 
que más que un Instrumento parece toda una orquesta, rindiendo 
efectos asombrosos, como jamás pulsación humana ha conseguido 
arrancar a metálicas cuerdas. Y es que D Imiro ha inventado proce¬ 
dimientos especiales para prolongar la vibración de las notas, con¬ 
siguiendo, al acariciar las teclas en un arrastre rápido, fundir varios 
sonidos distintos en un mismo movimiento, e iniitar con ellos las 
cadencias ligadas de los violines; usa también con frecuencia del 
cruzamiento de la manos, y en su estilo especial, la Izquierda de¬ 
sempeña un papel tanto o más importante que la derecha; resbala 
sobre el teclado con rara perfección, y dominando por completo ese 
dificilísimo procedimiento, consigue resultados que el mismo Ru- 
binstein le envidiaría. Pero donde descuella Dalmiro como ejecu¬ 
tante, es en los acompañamientos, que tanto emplea, de octavas 
salteadas o repetidas con la izquierda, y en la combinación de 
esas octavas con décimas y undécimas, que, según lo ha observado 
un notable crítico, producen en el piano el mismo efecto que el 
violoncelo sostenido por un contrabijo. Sólo Chopin, a quien la 
naturaleza concedió mrnos excepcionales, poseyó anteriormente esa 
especialidad que ha constituido el secreto de sus mayores éxitos 
de pianista, como solo Schumann ha podido alcanzar a h gran 
proeza de Dalmiro, que consiste en improvisar, desarrollando y com¬ 
binando a un mismo tiempo dos ritmos completamente distintos 
y ajenos el uno al otro. 

Sin embargo, no son éstas hs mayores dificultades de inter¬ 
pretación en La Pecadora o en Nubes que pasan. No es la gimnás¬ 
tica de ejecución lo que arredra en ellas, sino la casi imposibilidad 
de dar a sus ricas melodías la expresión exacta, el colorido conve¬ 
niente. Dalmiro compone soñando, y ejecutar una obra suya es nada 
menos que interpretar un sueño, una informe visión de fantasía 
excitada, sin fijos contornos, sin una sola línea precisa, Para com¬ 
prender, o mejor dicho, para adivinar una idea de Dalmiro es 
forzoso poseer, ante todo, un temperamento que vibre al unísono 
con el suyo, algo de romanticismo en los sentimientos, y una chispa 
de poesía en la imaginación. Es fácil, así en pintura como en 
música, apreciar los toques vigorosos, los trazos enérgicos, las auda¬ 
cias de color o de sonido; lo difícil es darse cuenta de las medias 
tintas, de los matices inciertos y de los efectos de claro oscuro, 
que tanto en la tela como en el pentagrama, significan la perfec¬ 
ción del arte. Dalmiro, que ante todo escribe para sí mismo, y en 
segundo término para los inteligentes, no ha sacrificado nunca su 
delicada inspiración al gusto de la moda, y ha conservado en todas 
las fases de la evolución de su genio, la forma primitiva y exclu¬ 
sivamente personal de sus producciones; esa forma un tanto indecisa 
y vaga que parece flotar en un nimbo de melancolía y de tristeza, 
como esas ondinas diáfanas que, según las leyendas, se agitan in¬ 
ciertas en la blanca niebla desprendida de la superficie de los lagos, 
y bañan sus formas trémulis y casi transparentes, en el cándido y 
sereno resplandor de la pálida luna. Para percibir en esa artística 
incertidumbre de la forma la idea que se agita y se baña voluptuo¬ 
samente en ios efluvios del genio, sostengo que es necesario ser 
algo dalmiro, y para interpretarla regular.mente, el Sosias intelectual 
y moral de nuestro músico poeta. Y como esto es algo difícil, resulta 
que él es el único que sabe interpretar sus obras. Hay que verlo, 
cuando se sienta al pi.mo, cómo recorre el teclado con mano nerviosa 
y segura a la vez, despertando los sonidos que duermen' en las 
cuerdas quietas, por medio de rápidos acordes, que hacen vibrar al 


444 






instrumento con los estremecimientos de la vida. Entonces Da Imiro 
empieza, y poco a poco se abstrae, se aleja de la tierra, se remonta 
lejos, muy lejos, arriba, muy arriba, hasta esa región en que le es 
dado al genio vislumbrar los resplandores de la belleza absoluta 
y eterna. Sumido en éxtasis, con la mirada perdida en el espacio 
y la frente acariciada por el ángel de la inspiración que la roza 
con sus alas, Dalmiro inicia la melodía, lentamente, desflorando 
apenas las teclas, acercando el oído a la caja del piano, para per¬ 
cibir las notas que responden como un eco. En ese momento Dal- 
miro tiene concentrada toda su alma en la punta de los dedos: 
Sedem anhnae in extremis digit hahet^ como dijo el clásico, y per¬ 
dóneseme esta nueva cita en gracia a su oportunidad. 

Mientras tanto la melodía se acentúa y se expande. Cada vez 
más absorto, el músico evoca las visiones de sus sueños, que obe¬ 
dientes al conjunto parecen surgir en turbulenta confusión de las 
entrañas del piano, unas gayas, otras tristes, unas risueñas, otras 
melancólicas. Dalmiro las ve en torno suyo, las siente bullir a su 
lado, contempla cómo se alejan o se acercan, haciéndose tangibles 
o desvaneciéndose en una especie de nimbo crespuscular. Entonces 
sucede algo extraño: el músico comienza a conversar con sus pro¬ 
pios recuerdos, esos melancólicos espectros evocados de la tumba 
de las cosas muertas. La cuerda gime, el piano solloza, la melodía 
parece sollozar tiernamente. Es como una explosión de dolor y de 
cariño por el pasado, ese pedazo de la propia vida que uno deja a 
la espalda a medida que avanza hacia la eterna noche en que todos 
se aduermen. La nota expresa un pesar: temblorosa, se desvanece 
en un suspiro, y al morir deja tras sí un eco delicioso suspendido en 
los aires,. . Bruscamente, sin transición prevista, cambia el giro 
de la melodía, porque, en la imaginación de Dalmiro, como en una 
linterna mágica perfeccionada, las visiones se alternan rápidas. Las 
manos arrancan a las teclas fragores de tempestad, redobles de true¬ 
nos lejanos, mugidos de huracán colérico, y de ese estruendo surge, 
lleno de emoción, el canto del marinero que entona un piadoso 
Ave María. Pero la furia de la borrasca concluye poco a poco, y 
sólo se oye de vez en cuando el manso ruido de lluvia de las últimas 
Nubes que pasan. . . La melodía cambia otra y otra vez, y en medio 
del silencio de una noche de estío callada y serena, una hermosa voz 
varonil entona, debajo de unos balcones misteriosamente ocultos en 
la sombra, la eterna estrofa del amor; o bien se oye a lo lejos la 
alegre barcarola, que como una blanca gaviota vuela por encima de 
las azules aguas del Adriático, rozando la cresta espumosa de las 
olas mansas; o bien se escucha el lamento de desesperación, el amar¬ 
go sollozo de la Pecadora Arrepentida, a solas con sus remordi¬ 
mientos, en esa hora lúgubre en que las tinieblas parecen aplastarse 
sobre la tierra y sobre las almas; jhora que aprovechan los fuegos 
fatuos para huir de los sepulcros y encenderse en los aires con lívidas 
pero graciosas Fosforescencias/ 

Basta. No acabaría nunca si hubiera de relatar cuántas cosas 
me ha contado y me ha hecho ver Dalmiro por medio del piano. 
Quien tenga curiosidad por conocerlas, puede pedirle que se las 
repita, sin temor de causarle molestia ni contrariedad algunas. Lo 
que quiere Dalmiro son pretextos para probar a los incrédulos que 
el piano es un instrumento capaz de sentir y de pensar, y dotado 
además de la facultad de decir lo que siente y piensa. Artista hasta 
la médula de los huesos, considera al arte como su grande y her¬ 
moso amor sobre la tierra, y se consagra por completo a su culto. 
El sí que podría exclamar, con más razón y con más sinceridad 
que Schumann: /La música es el alimento de mi vida! 


445 





Roberto de las Carreras 


Sueño de Oriente 


A mi íntimo amigo 
ARTURO SANTA-ANNA 

Te dedico este libro. Aunque insistas en que los perso* 
najes son forjados por mí, te aseguro que existen real¬ 
mente. En otro país mi éxito sería inmenso. La prota¬ 
gonista de mi obra vendría a llamar a mi puerta! No 
sucederá así: tú sabes bien qué miserable vida galante 
es la nuestra —tú que, desengañado, piensas casarte... 
para ser, seguramente, un amante disfrazado de ma¬ 
rido. ..! 

jR. de las Carreras 


I 

LA ESCENA ES EN LOS POCITOS 

X.^AS mujeres de Montevideo, apenas casadas, se hinchan, revien¬ 
tan las líneas, descomponen las formas de su cuerpo. Y parecen 
tan complacidas, su mirada es tan dulce, que no se puede menos 
que suponerlas echadas de una lujuria suculenta, repletas de un go¬ 
zar glotón que las engorda. Forzadas a una preñez constante, que 
parece como que contagia de su obesidad el mismo vientre exaltado 
de los maridos, la admiten y sobrellevan entendiendo que es así la 
marcha natural del matrimonio, ajenas de protesta, como mi hermosa 
perra inglesa, cuyo vientre han desproporcionado agudas y repeti¬ 
das sensaciones de delicia. Fuera de los animales es su modelo la 
villana de aldea que, con un hijo en brazos, otro bajo el diafragma, 
otro en una cuna, otro revolcándose en el suelo, exhibe cínicamente 
la maternidad en su forma repulsiva y grotesca. Trastornada la 
cintura, iguala en amplitud a las caderas, que han perdido su ner¬ 
viosidad excitante y aparecen aplastadas e informes como sacos; los 
senos, cansados de dar leche, abrumados, destruida la trabazón con¬ 
tráctil de su tejido adiposo, se desparraman, caen hacia el vientre, 
sin que baste a erguirlos el amplio corsé que los contiene, y del cual 
desbordan, ampulosos y fláccidos, como esos senos que las etíopes 
arrojan a su espalda; los brazos y muslos, también enormes y 
desorganizados; el vientre, rugoso y torturado por los partos difíciles, 
sacado para siempre de quicio. Esponjosa, como batida, la casada 
tiene en su cuerpo todo un bamboleo flojizo,.. El marido cha¬ 
palea en un montón de carne blanda,..! 

Escapa a esa abyección de las formas en medio de las mujeres 
socialmente entregadas al vicio de la reproducción, la elegante Lisette 
d'Armanville. La llamaré así, ya que por el prejuicio local que im¬ 
pide que confesemos nuestro amor a las casadas, no me es permi¬ 
tido decir en voz alta el verdadero nombre de la mujer a quien 
codicio... Un nombre supuesto, creado por necesidades artísticas, 
más que designar a la persona debe bosquejarla: así, elijo para 
Lisette d’Armanville éste, que evoca a la vez la figura de una pari¬ 
siense y de una duquesa... No intente el público descubrirla. Le 
sería imposible. Indelicadeza aparte, reflexione que se puede perder- 


446 




me para su simpatía... He tenido en Los Pocitos un sueño, del 
cual es protagonista la duquesa, y, con todo desinterés, invito a com¬ 
partirlo al público, seguro de que, teniendo apretada entre los dien¬ 
tes la pipa del ocio, será discreto y se dejará llevar sonriendo con 
rufianería a las visiones... 

Lisette d'Armanville, a pesar de un hijo por año dado a su 
marido en mis barbas, conserva fieramente su talle de señorita. Hay 
que convenir en que su cuerpo es obra del matrimonio; pero una 
obra que ella h\ sabido corregir, encauzar, a la que no ha permitido 
el libre ensanche desordenado, sino la plenitud sabrosa... Renun¬ 
cia, por presunción, a tratarse con casadas; deja su solidaridad con 
ellas para la noche... y se acompaña con jovencitas solteras. Las 
empobrece: no alcanzan el valor sugestivo de su busto, ni compi¬ 
ten con la inflexión ligera de la línea apenas curva de su vientre, 
conservado int.:cto; un vientre disimulado, ni llano ni protuberante, 
religiosamente estético, con declives que tientan la mano marcando 
el camino a la caricia, que exige ese palpar intenso que se hace 
por instinto de las redondeces, apretándolas, exprimiéndolas, lle¬ 
gando con exaltación a los senos después de recorrer el flanco con 
la palma encarnada. Se abandona luego la mano, leve, a divaga¬ 
ciones, a caprichos aventureros, a esas p^lmaditas canallescas con que 
gustamos el palpitar de las carnes... 

Arqueadas sus caderas con briosa turgencia, rebotan bajo el 
corsé. Tienen a la vez exuberancia y firmeza. Como trazado lineal 
es imposible suponer contornos más puros y matemáticos, más deli¬ 
cada figura geométrica... No hay nada comparable en lis arcadas 
de la Alhambra!. . . Parecen irreguhres las cejas de los huríes!..'. 
Arrancando de la base del busto en dos curvas saltantes y simétricas, 
se expanden, henchidas y tensas, más voluptuosas que todos los se¬ 
nos! ... Las aprieta vigorosamente la falda y ostentan con agresivo 
alarde, con procacidad e insidia, la redondez del contorno puesto al 
desnudo, mientras ondulan estremecidas con un movimiento apenas 
perceptible, a compás de la marcha... Aristocráticas, no consisten, 
como las caderas robustas comunes, en un desmesurado agrandi- 
miento pornográfico que supedita groseramente el ancho de los 
hombros; se mantienen dentro de la armonía y proporción antiguas, 
que, sin quitarles nada de su graciosa concupiscencia, las coloca en 
el orden reducido de un erotismo selecto. Son el ejemplar único 
entre nosotros de caderas de pura raza. Si cultiváramos l'S artes plás¬ 
ticas, la Pintura y la Escultura las habrí n hecho populares y noto¬ 
rias en todos los ámbitos de la civilización sensualista!.., 

En el p.-seo cotidiano, en sucesión ininterrumpida y monótona, 
pesan caderas; grupas de mujer mal conformadas y toscas, vestidas 
con faldas sin elegancia, de color subido; caderas de señorita desa¬ 
rrolladas prematuramente y con exceso, que el matrimonio relajará 
y devastará, entrándoles a saco; caderas obscenas de señora inutili¬ 
zada; pobres caderas escurridas debajo de los vestidos, por las que 
se siente lástima; caderas anómalas, disformes, que recuerdan la ele¬ 
fantiasis y recargan el paso lento de la dueña con el portentoso 
volumen de su giba, destacadas en un redondo escabroso, pasto bru¬ 
tal del apetito; otras, pagadas de sí, a las cuales convendría desen¬ 
gañar; algunas, incipientes, caderitas núbiles y candorosas, obtienen 
de la severidad de mis confrontaciones una sonrisa con que deseo 
darles valor para que crezcan; caderas atrevidas, describen una cir¬ 
cunferencia arrogante, y se malogran, totalmente planas, por su falta 
de bombé; caderas graciosas, extremadamente gruesas, que no se 
distinguen por la moralidad de sus líneas, se hacen perdonar por 
nuestro instinto crapuloso la profusión de sus carnes, a las que nos 


447 






volvemos con vergonzante indulgencia; las hay hasta hermosas, pero 
que se ignoran, echadas a andar maquinalmente, desprovistas de 
esa expresión indispensable, como en un rostro, en unas caderas. 
Tienen todas un cipo desbastado. Mal concluidas, se diría que han 
sido hechas en montón, como para un país de América! 

Siguen su curso con su paso de peregrinación, regular y pau¬ 
sado, las lozanas y fornidas, las desenfadadas jamonas que quitan 
para sí el paso a las tímidas; las achatadas y oblongas, las enflaque¬ 
cidas y mustias que me traen al recuerdo las aguas milagrosas de 
Lourdes, que aplacarían su histerismo, y de las que resurgirían tibias 
y lubrificadas!.., 

Aparecen las caderas de Lisette!... Las reconozco a la distan¬ 
cia! ... Sigo con los ojos entre la multitud, hasta que se pierden, 
esas caderas que en mi insomnio profano!,.. 

El talle de nuestras mujeres que presumen de mayor esbeltez, 
es corto y rígido, sin cambiar. No son flexibles, nietas de endureci¬ 
das mujeres de trabajo que amasab-.n el pan, ordeñaban las vacas 
en el corral y lavaban a orillas del arroyo bajo la cruel intemperie 
de las madrugadas de invierno o la 11. nura del sol, anquilosado el 
espinazo en las posturas encorvadas de la fagina... Desgarbadas, ca¬ 
minan mal, no se deslizan. Parece que el terreno accidentado influ¬ 
yera en la torpeza de sus movimientos, al revés de las italianas, de 
las francesas, cuyo andar es muelle, como si el suelo se hiciera elás¬ 
tico bajo su pie... Educada sin duda en el Sacré-Coeur, en el andar 
de Lisette no se nota el esfuerzo. 

Sorprende la sangre azul de sus formas!... Hay una complici¬ 
dad discreta entre ella y el deseo de quien la mira... El corsé de 
cintura deja suelto su seno alto, a la turca! Muestra en la desen¬ 
vuelta vivacidad de su falda su vocación por la aventura!.. • 

Vivo con la zozobra de que ese cuerpo pueda ser deformado. 
La fecundidad lo amenaza. Cuando tengo la visión terrorífica del 
fórceps haciendo estragos, concibo la idea calenturienta de sumergir 
sus entrañas de madre en el fuego de los corrosivos!,,. 

Era una noche de moda en Los Pocitos. Se revolvía sobre el 
puente la multitud abigarrada de mujeres. Estaba Lisette. Unica ele¬ 
gante. Se le veía sentada junto a su marido con ese abandono de 
molicie del cuerpo de las queridas: una molicie que parte del cora¬ 
zón. .. Se le acercó a saludarla un grupo de señoritas. Se puso de 
pie. A su lado se alzó un hombre alto, seco, con el tipo de esos 
viajantes de comercio que se alojan en fondas de segundo orden. 
Sacudió los pantalones que al sentarse había arremangado. De un 
vago, pero seguro prognatismo, sus facciones carecen de grados de 
expresión: los ojos no dicen más que la boca, la cual, desencajada, 
parece que echara fuera las palabras en vez de pronunciarlas; la 
cabeza, pequeñísima; la piel, terrosa; momificados los cartílagos de 
la nariz, no se concibe que pudieran palpitar alguna vez de sen¬ 
sualidad o de cólera; los brazos, largos, tendidos, sueltos al azar. 
Un gorila. 

Lisette tenía los labios teñidos de rojo, capricho oriental de 
duquesa! Yo observaba aquella pincelada de carmín vivo, exótico, 
como salido de las tintas calientes de un cuadro al óleo pintado 
sobre un motivo de Turquía; carmín que yo imaginaba llevado 
bajo la incandescencia blanca del sol, en las tierras donde ios colo¬ 
res son supremos, por un mercader de Arabia, entre perfumes inten¬ 
sos, mezclados en la misma alforja al almizcle! Yo fantaseaba a 
Lisette en su casa, vestida con un resplandeciente traje de mora, 
bombachas, y en los diminutos pies de judía, pantuflas altas... pa¬ 
recida a Loti, en albornoz, en su camarín de abordo... Hacía y des- 

448 


3 






s 


& 


hacía sobre su frente peinados raros; se la rodeaba, como las circa¬ 
sianas, con una diadema de medallitas... Se echaba en cojinetes 
de terciopelo, desnuda, sobre el pecho, como una gata rampante... 
Espejos a ras del suelo le devolvían cien veces la imagen de sus 
caprichosas actitudes, con las que superaba en secreto a las odalis¬ 
cas, a las escondidas esclavas de serrallo que adormecen a los sulta¬ 
nes en sus mágicos brazos!... En el risueño desvarío de su imagi¬ 
nación mecida por las fábulas, oscilaba bajo sus pies el puente de 
los navios y se sentía conducida en las literas de las reinas de 
Egipto... Su dueño era un pirata!... y la tenía escondida en una 
isla desierta, junto con el botín y las preseas y maravillosos produc¬ 
tos de las tierras saqueadas, en fantásticas escancias repletas de oro, 
los tapices esplendorosos bajo las salpicadas pedrerías de trofeos 
de alfanjes... 

Lisette me vio y me volvió la espalda. Miraba yo el busto; 
tenía delante la elasticidad comprimida del globo de sus caderas, 
y pensaba si me hacía un desaire, o si cal vez me volvía la espalda 
con una intención distinta, con alevosa y excitante perfidia!... La 
niña enferma doce veces corrompida de Vigny tiene de esos ca¬ 
prichos! •.. 

Una de las señoritas, muy delgadas, recordaba con sus sacudi¬ 
das y movimientos ágiles, hs potrancas chicas. Otra, es un tipo mo¬ 
reno. Sus ojos, cejas y pestañas forman una espesura del tinte negro 
denso del carbón. Tiene un parecido con Lisette. Se habría dicho 
una hermana suya de otro lecho, la misma raza ennegrecida y do¬ 
rada! Se le veía en los costados del rostro, en forma de una bruma 
ligerísima de pelo, como un espolvoreo del carbón de los ojos. Pare¬ 
cía robada a una tribu berberisca. Se me ocurría que un encantador 
árabe, dueño de fabulosas artes de lujuria, la había puesto desnuda 
a tostar en las arenas del desierto; había escondido debajo de su 
piel rayos de sol y alientos de siroco, y había hecho, para el capri¬ 
cho de un señor asiático, una mujer prodigiosamente amante, en 
cuya sangre tumultuosa hervían convulsivos deseos! Era una vorᬠ
gine afrodisíaca! Al verla, bramaba en el Harem, azuzada, la impo¬ 
tencia de los Eunucos! En las horas mimosas'de la siesta estaba 
tendida en el patio de mármol del Alcázar, acariciaba, por el fresco 
rumor de los surtidores de las fuentes, bajo la claridad suave y difusa 
que desde lo alto de inaccesibles paredes verdes filtraban sobre sus 
formas perezosas los días muy azules y muy amarillos de la Persia!.., 
En rescate de innúmeros cautivos o como presente, sello de paz y 
de alianza entre belicosos reyes, atravesaba comarcas sobre el lomo 
de los dromedarios cargadores de tesoros., , Iba de Asia a Gra¬ 
nada. Poetas y cortesanos la comparaban en la Alh.imbra a la Hurí 
negra que a los falsos creyentes del Profeta se aparece en el Ho- 
reb... La llamaban así sus compañeras caucásicas del serrallo, donde 
se la transportaba de los tapices de púrpura a las rodillas de su señor 
el Emir!.. . Seguía la suerte de los imperios! Muerto un poderoso 
califa a quien había amado, huía del Harem en medio de la san¬ 
gre y del incendio de una sedición en Palacio!... Y era vendida 
como esclava en Constantinopla, entre las ofertas de un grupo de 
magnates de todos los países, que prometían por ella sus riquezas. 
Parecía, a los brillantes sátrapas en viaje y a los señores asirios, vul¬ 
gar y pobre el montón de circasianas, dejado a un lado; y la rodea¬ 
ban curiosos y ávidos ante el leonado oscuro de su piel, casi negra 
en los rincones chamuscados del cuerpo, en la aréola de los senos 
y bajo las órbitas de los ojos; deslumbrados ante el esplendor de la 
carne tensa y firme de los muslos, en la que los dedos perdían 
apoyo al querer pellizcarla; muslos de los que llenaba el ángulo, y 


449 







cubría el empeine, desparramándose sobre el vientre, un vellón com¬ 
pacto y crespo de pelo negro brillante, blando como un edredón y 
caliente como un nido de torcaces... 

Lisette me volvía la espalda... y me eché a soñar detrás de 
sus espaldas... La abrazaba y le ponía en la nuca un beso y un 
quejido, sintiendo su cuerpo palpitar al contacto; le volvía el busto y 
atraía hacia mí su cabeza, que ella abandonaba con mezcla de lan¬ 
guidez y resistencia, haciéndose risueñamente violentar, los ojos dora¬ 
dos en las órbitas, perdida su expresión, la boca dejada devorar!.. • 


Mis besos rastreaban su cuerpo de manchones rojos. Me baña¬ 
ba, crispado, en el vaho capitoso de su carne. Me penetraba, im¬ 
pregnándome, de su sudor! Dentro de su boca, en el húmedo fuego, 
revolvía y sorbía lascivia.. . Clavaba la mía, abierta, en el secreto 
de sensualidad estremecedora de los brazos, en la axila oscura, acre, 
sedosa y tibia!... Enloquecía su sensibilidad persiguiéndola, aco¬ 
sándola, con cariñosos mordiscos que la hacían encogerse, enerván¬ 
dola; serpenteaba electrizada bajo mi boca, huyéndome con sacudi¬ 
mientos descompuestos, erizada por espeluznos!... 

Al fin estaba su mirada ensimismada y fija, deslumbrante, con 
el brillo de fiebre de la alucinación, y la boca, en los costados hun¬ 
dida, atormentada como por la sed! 

Era la hora de la retirada. Lisette se despidió de sus amigas y 
se fue del brazo de su gorila!... 


II 

UNA AVENTURA FELIZ 
El poeta a Lisette d^Ármanville 

La persona que lleva esta carta ignora la naturaleza de mi atur¬ 
dido y apasionado mensaje. No puedo resistir al ansia de dirigirme 
a Ud. La quiero hace años! Y no tiene Ud. derecho a ofenderse 
más que con su propia belleza, que me ha inspirado este arranque! 

No pido a Ud. más que una gracia: que se deje querer. Y para 
esto concédame .estar detrás de la cortina de su b Icón de tres a 
cuatro de la tarde. Hágame Ud. esa caridad de amor! 

Le aseguro que no la importunaré más; que no le escribiré 
más, que no pasaré más frente a su casa. Le pido perdón si se cree 
ofendida, perdón sinceramente. Le repito el respeto de este desco¬ 
nocido ... Le he escrito, • le escribo a pesar mío, de mis escrúpulos, 
de mi resolución de no verla más y resignarme. Tenga la piedad 

de no acogerme mal ... Pongo a sus pies una sensibilidad desam¬ 

parada, y me haría llorar si tratara sin miramientos mi irreverencia. 
Invoco ante Ud. los derechos de la pasión! Es Ud. algo mío, puesto 
que yo la quiero... Y es imposible que desprecie la ofrenda de 
mi pensamiento sumiso de cada minuto, y pueda verme sin sim¬ 
patía de su parte, devoto de sus gracias de mujer! Por favor, en 
retribución de tanto afecto, de tanta admiración, de tanto entusias¬ 
mo, pruébeme, por favor, señora, una vez sola, que no soy para 
Ud. el último de los seres antipáticos! 

Vivo ansiosamente escrutando la cara de sus parientes para 

adivinar si ha mostrado mis cartas y se ha burlado de mí... Me 

parece que no, y se lo agradezco. Estaba seguro de que Ud., cien 
veces duquesa, no habría de exponerme al ridiculo por el amor que 


450 







le tengo. Es demasiado hermosa para no explicarse que yo esté enlo¬ 
quecido... No puede odiarme. Me compadecerá... 

Debo partir de Montevideo. En nombre de las caricias, de los 
juramentos; en nombre de los amantes todos, salga, como acostum¬ 
bra, de dos a tres... Es una pequeña amabilidad que no le costará 
nada, que Ud. puede conceder sin comprometerse siquiera ante Ud. 
misma. Quién sabe cuándo volveré a verla! Escuche mi súplica. No 
extreme la severidad hasta el mal gusto! 

, Convénzase Ud. de que no hay nadie que aprecie como yo su 
talle cambrado, la proporción justa entre sus hombros y sus caderas, 
la aristocracia de su andar, el mimo de sus acariciamientos con su 
piel de abrigo. 

Envío a Ud. el mejor fragmento de un libro mío, inédito, del 
cual es Ud. protagonista. Ud. verá por él, que, no pudiendo obte¬ 
nerla en la realidad, llamo al sueño en mi ayuda... Es Ud. para 
mí, como uno de esos pleitos embrollados y difíciles que, si se ga¬ 
nan, son la riqueza, pero que entre tanto hacen vivir pobre... y 
desesperado! 

Es imposible que Ud. reciba mis cartas en propia mano, son¬ 
riente, para mostrarlas... Sería una acción de mal gusto. Siendo 
Ud. quien es, no puede recibirlas sino por una razón distinguida, por 
simpatía... Luego, por qué se niega a concederme nada, a salir 
siquiera a su balcón? Por qué recibe mis cartas y me huye a la vez? 
Comprendo que lucha con su recato; pero, en amor, dar un poco es 
dar todo, y Ud. consiente que yo le escriba! Si no se hace ver en 
su balcón habrá cometido una contradicción inexplicable! 


DE VUELTA DE UN VIAJE 

No puedo estar lejos de Ud. Estando cerca, por lo menos puedo 
escribirle más fácilmente. Le escribo estremecido. Le pido que me 
conteste. No puedo más de esta incertidumbre. 

Ud. ha recibido mis cartas después de decirle yo que no podía 
hacerlo sino por simpatía, con lo cual Ud. me ha confesado esa 
simpatía... Escribiéndome, no añadiría nada a la seguridad que yo 
ya tengo de haberla conmovido un poco... Las últimas veces que 
la he visto, su mirada me ha acogido mejor... Ha resistido Ud. 
bastante. Otro cualquiera, con menos pasión, habría sido desanima¬ 
do. Ud. ha hecho todo lo posible por quitarme valor. No lo ha 
conseguido. Ríndase, pues! Piense que sólo siendo Ud. una extraña 
excepción de mujer, podría quedarme siempre en esa actitud de reci¬ 
bir pasivamente mis cartas. Es forzoso, es lógico que Ud. siga ade¬ 
lante. Esté segura de que yo haré lo imposible por llegar a Ud., que 
yo !e hablaré y Ud. no podrá desairarme, puesto que no me ha 
desairado ya: le diré: !a quiere! y Ud. no podrá contestarme que 
no, a menos que .me confiese que me ha burlado.. . Si Ud. no me 
cede ahora, cederá m.ás tatué. Eme segura de que cederá. Ud. debe 
fatalmente ceder. ¿A qué tcrrurar.me co.n un dimm.ulo inútil? Piense 
en mis angustiosos insomnios! Ud. se arrepentirá de que yo haya 
sufrido tanto por am.or suyo, de haber.me tenido tan ansioso, tan 
sacudido por la angustia de que Ud. pueda burlarse .miserablemente 
de mí. Piense que puede llegar a querer.mc, y después, en rigor, 
usted no puede dejar sin contestación las cartas de quien tiene por 
Ud. tanta estima. Ud. no tiene queja de mí. Para hacerle llegar mis 
cartas he usado de todos los medios de discreción posibles. Su nom¬ 
bre no ha salido de mi boca. Para contestarme no tiene Ud. más 
que escribir dos líneas sin firma y echar la carta a un buzón de la 


451 






calle. Para que su seguridad sea completa, desfigure, agrande, su 
letra. Aunque esa carra se extraviara, Ud. no sería comprometida 
en lo más mínimo. Escríbame, señora. ¿Qué más da recibir cartas 
de amor o contestarlas con un anónimo.^ 


CONTESTAaON DE LISETTE 

Si se atreve Ud. a escribirme una sola letra más y a fastidiarme 
con sus asquerosas y estúpidas insinuaciones, se lo diré a mi marido 
para que le dé a Ud. el castigo que se merece. 

Esía caria, escrita cón un carácter infantil, muy cuidado, peno¬ 
so, algunas letras separadas, hechas una a una, es mandada por Ella 
a El en forma de postdata puesta a su propia carta, que le es de¬ 
vuelta arrugada, en el fondo de un sobre grande. 

REPLICA 

Escrita en la misma carta devuelta, que El envía otra vez a 
Ella en un sobre abierto, en el temor de que la señora pueda devol¬ 
verla cerrada después de abrirla al vapor de agua ... 

No hay ninguna razón para que Ud. me devuelva esta carta 
después de haber conservado nueve en su poder... Mejore Ud. el 
estilo y no haga las cosas fuera de tiempo... 

A estas lineas, El adjunta la carta siguiente: 

Comprendería su indiferencia si Ud. tuviera un marido inteli¬ 
gente y hermoso, pero en su caso su conducta no tiene explicación 
y de mi punto de vista europeo es enteramente ridicula. Conserve 
en buena hora su virtud montevideana. Me da Ud. lástima. Vaya 
un hombre el que ha elegido! Es un gorila. La cara de él puesta 
sobre la suya es la mejor venganza que yo puedo tener de su desdén! 

P. D. — Si al recibir Ud. esta carta su marido no está en casa, 
le ruego se la haga ver a su vuelta. 

Carta a Julio Herrera y 
HobbesCexReissIg)* 

Querido Julio: 

En nombre de Afrodita, te debo una explicación. 

¡Qué anonadamiento el de tu espíritu, qué síncope fulminante 
de sorpresa, qué bramidos de indignación los tuyos, viéndome con 
el dogal al cuello, en la picota ignominiosa de los edictos matrimo¬ 
niales, como cualquier pobre uruguayo que va a cumplir ceremo¬ 
niosamente su misión prolífica en las cabañas de la sociedad!... 
No roce tu pensamiento que abrazo el fetichismo del matrimonio, 
que opto por el cliché de las convenciones medioevales, que cedo 
sojuzgado por el ambiente a los prejuicios de las imbéciles mayorías, 
que este país bacterio, milagro de ridiculez, ironía de nacionalidad, 
me avasalla triunfalmente; que me tritura la presión asfixiante del 
océano colectivo. 

* Esta carta abierta se publicó en d periódico Tfahájo*’, Año I. N* 20, 
de 8 de oaubre de 1901. 


452 





Se trata de una imposición fatal, abominable, de las circuns¬ 
tancias; de un escape fortuito por una encrucijada de cuchillas; de 
un acosamiento siberiano de jaurías de contrastes; de un desplome 
de crisis insolubles; de un apocalipsis de acreedores antropófagos, 
de Cerberos del agio, de Carentes y Procustos; de un sitio, por ham¬ 
bre, a mi trascendental fisiología! 

Entro en explicaciones: una señorita, menor de edad, es mi 
amante, como tú no ignoras: una esclava de mi voluntad, una 
sugestionada sumisa de mi harem de Gran Visir, Se me aboca un 
dilema: *’E1 juez, o el Buen Pastor”; una firma, a la' que no doy 
valor alguno, o un tutor cesarino que invada mis prerrogativas de 
dueño de la Princesa, He optado, como anarquista, por redimir a mi 
amante de las garras zahareñas de la tiranía burguesa. 

Mi presentación al Juez, mi contrato extrínseco, mi fórmula de 
sainete, mi carnestolenda, es una acción libertaria! 

Después de haber paseado insolentemente mi conquista por la 
faz de la miserable aldea, después de haber atravesado como una 
puntada el corazón del villorrio, después que mi superioridad ha 
reído de estos evangelios hipócritas, de estos 'babuinos emponzo¬ 
ñados” (tuyo) a quienes me complazco siempre en inquietar con 
mi florete, mi casamiento legal resulta la más cáustica, la más ale¬ 
vosa de las ironías. 

Juego al football con la moral de los montevideanos, con los 
ídolos abracadábricos de los "trogloditas púdicos” (tuyo...). 

Como anarquista, no reconozco el matrimonio, esa piltrafa del 
tiempo negro, este sofisma supersticioso, ese catafalco bíblico que 
hay que deshacer a patadas, en el que no veo otra cosa que un 
aquelarre burgués donde^ se compran mujeres. 

Del mismo modo que el concúbito oficial no reconoce la unión 
cristiana, y los católicos viceversa, yo, quintaesencia del anarquismo, 
dinamita de rebelión, paradoja contra los imbéciles, doy un mentís 
descarado, abanico a bofetadas al aparejamiento civil, al concubinato 
legal, como lo llama Tolstoi. 

Todo valor nomínico es sólo por su admisión, por el tercero 
que lo monetiza. El casamiento es un papel moneda que nada im¬ 
porta para nosotros. 

La señorita, como menor de edad, no puede disponer de su 
fortuna heredada la cual a no casarme, vagaría sin rumbo, por mil 
entuertos, fakíricamente pulverizada en los trámites jurídicos. 

Mi pereza de no ir hasta el Juzgado, mi resistencia a mojar 
la pluma, fuera, como se comprende, un abandono egoísta. Temer 
la crítica de los inocentes que no me admiran, que mi actitud diplo¬ 
mática de hombre experimentado se interprete como una contra¬ 
dicción yaicidi, como si desertase de mis trincheras anárquicas, fuera 
una puerilidad salvaje. 

Empeñarse en resistir a fuerzas superiores, en ser un Pirro en 
esta época spenceriana, resultaría un encaprichamienco de damisela, 
un romanticismo ingenuo de apóstol de las catacumbas, de caballero 
de Jerusalem. Mi situación precaria se felicita, con un sarcasmo, con 
una mueca de Mefistófeles de este simulacro astuto; sonríe como 
un sátiro travieso a la austeridad de las togas. 

;No me caso! El movimiento mecánico de mi pluma no im¬ 
porta una conversión a la estulticia. 

Mi primogénito real no será legitimado. Quiero que lleve, arro¬ 
gante, la corona de la bastardía, que en El se admire la obra de 
arte del amor libre. Quiero que sea mi continuación galante, la 
eterna pesadilla de los montevideanos, mi protesta encarnada contra 
plebeyos y legisladores! 


453 






Espermatozoide rebelde, con aparatos nerviosos superiores, anu¬ 
dados de lóbulos geniales, será el eslabón soberbio de una raza de 
Caínes y Aríscides, de Luteros y Dantones, de Nietzsches y Baude- 
laires!. .. jSerá un Anacreonte de mi prosapia afrodisíaca! 

Si yo lo legitimara, se negaría a creerme padre! 

Con mi presentación al Juez no abaco mi estandarte de liber¬ 
tino. Por el contrario, triunfo como estratego; aumentarán, es seguro, 
los censos de mis conquistas. En nuestra obra futura tú haces cons¬ 
tar, tú pruebas que las mujeres de Montevideo, se entregan exclu¬ 
sivamente a los hombres de matrimonio.., 

Te recordaré tu frase. “Nuestras niñas se dan a los casados por 
un exceso de pudor. Conceptúan indecoroso, de muy poca delica¬ 
deza tales confianzas con un célibe que no constituye para ellas un 
hombre de respeto. Desconfían nuestras vírgenes, con perspicacia 
celeste de la discreción de los inconvug.idos. A la verdad, convengo 
que en materia de honra se hace indispensable mucho disimulo, una 
reserva de ministro!” 

La noticia de mi presentación al Juez ha levantado una tromba, 
de alegría entre los trilingües burgueses, reos de imbecilidad que 
enviaremos a la horca, en nuestra próxima catilinaria; cuyas fauces 
serán rellenadas por el polvo olímpico de nuestro carro de com¬ 
bate. jEn esa obra colosal, hermética, lo único bueno que se haya 
escrito en el país hasta la fecha, cuyos ecos cavernosos atronarán 
las Españ.'is, le pondremos la nación de sombrero a los estólidos 
uruguayos! Ella será la credencial gloriosa de nuestra psique revo¬ 
lucionaria, de nuestro valor único, de nuestra personalidad ungida 
por Minerva! 

Yo, amante de nacimiento, hidrofobia de los maridos, duende 
de los hogares, enclaustrador de las cónyuges, sonámbulo de Lisette, 
me sujeto a tu dictamen, oh Lucifer de Lujuria, hermano mío por 
Byron, Parca fiera del País, obsesión de pecado, autopsista de una 
raza de charrúas disfrazados de Europeos. ¡Yo imploro tu absolu¬ 
ción suprema, oh Pontífice del libertinaje! 

Roberto de las Carreras 

Toldería de Montevideo. 


Máximo Torres 

Marta Riviére 


Soy introductor en Montevideo de los medallones de las mu¬ 
chachas y de las galeras de hule blanco para cocheros. Allá por 
1883 fui yo quien inicié en nuestra prensa los medallones, que 
después han invadido sus columnas como esas alhajas alemanas, 
estilo modernista, que llenan las vidrieras de las joyerías a precios 
homeopáticos y cuyos similares pueden Uds. ver a la una de la 
tarde de los domingos en todos los trenes, colgados de las orejas 
del pecho y de los dedos de las sirvientas cosmopolitas que van 
de paseo con el primo campanudo. 

Cuando mis medallones comenzaron a publicarse, hube de 
ser masacrado: era un crimen retratar a las muchachas, pero me 
perdonaron porque resultaba que todos eran preciosos y que tenían 


454 






atractivos que ni sus maiuás habían descubierto y poco a poco el 
figurín tomó carta de ciudadanía. Hoy es moda nacional algo así 
como la grosería para los mozos, el blanquete para las damas y las 
pretensiones políticas para el montón de audaces cuyo pedigree 
hay que buscar en los registros de tercera clase de les transatlánticos 
o en el vaciadero de las imbecilidades humanas. 

Mi pluma de medallones está enmohecida, pero cuando supe 
que '"Rojo y Blanco” iba a publicar el retrato de Marta Riviére, 
he pedido la satisfacción de delinearla moraimente, con el mismo 
derecho con que cualquier derrotado de su propio cretinismo en 
las batallas de la vida pide una diputación o los que han nacido 
mentecatos le perdonan a Ud. no ser correligionarios. 

Creo que ya es tiempo de que nuestros viejos no sean desa¬ 
gradables, con cara de Fierabrás, alimentándose de jugo bilioso y 
estampado en el semblante la huella de todas las barbaridades que 
constituyen la historia nacional después de 1830. Aspiro a que 
seamos como esos abuelos germánicos cuyos grabados vemos en 
las cervecerías. No comprendo la necesidad absoluta de ser viejo 
malo por el hecho de ser oriental. Por eso me gusta el perfume de 
las flores, me siento bien cuando la juventud sonríe y quiebra los 
cristales de sus carcajadas en el concierto de las cosas amables y 
por la misma razón quiero hacer la silueta de Marta, cuya gentil 
imagen podrán ustedes admirar en este número. 

Marta Riviére es una distinguida señorita que acaba de hacer 
su presentación en el suntuoso baile de don Clodomiro de Arteaga 
—de corazón como un mundo a quien todos quieren— y la que 
ha entrado a la vida brillante de las ilusiones y de los sueños ro¬ 
sados por la portada granadina en que penetran las bellezas de 
derecho propio. Si una mujer de cara linda lleva su tarjeta de re¬ 
comendación en el rostro, Marta tiene un montón de recomenda¬ 
ciones, todo un archivo, y se siente el deseo de decirla: Señorita, 
déjeme hojear esas tarjetas,*. 

Pero con su hermosura física, con su gallardía femenil de mu- 
jercita convencida de que vale mucho y a quien espera una senda 
de flores por camino mundanal, compite la hermosura de su espí¬ 
ritu, su talento fino y sutil, su gracia andaluza, el riboreo de su 
inteligencia cultivada, que la hace descollar en todas partes y excla¬ 
mar a quien la trata: esta niña es adorable! Ignoro si ustedes lo 
saben, pero yo lo sé: pululan por los salones muchachas que la 
crónica diaria presenta como encantadoras, capaces de enloquecer 
al más indiferente, encarnadas con todos los atavíos fantásticos de 
la admiración o de la adulación y cuando Ud las trata, cuando 
la escucha, cuando las examina en su mecanismo de cabezas de 
peluquería, si Ud. no vuelca el llanto es porque no tiene lágrimas. 

Conversar con Marta Riviére es como aspirar un ramo fra¬ 
gante: se encuentra en su causerie graciosa y serpentina todos los 
reflejos del ópalo: hay allí cerebro y corazón, savia de vida exhube- 
rante, destellos de luz y una modestia coquetona, que es a no 
dudarlo uno de sus mejores atributos. 

A su paso muchos desearán la transformación de Fausto, como 
otros chiquitos anhelarían tener la edad en que los muchachos hacen 
caso. Un día iba Marta por la calle y dos chiquitines de colegio 
cruzáronse en su camino. Uno de ellos la miró y con ansias de cosas 
ignoradas, di jóle al otro: mira, si yo tuviera bigote y veinte mil pesos! 

Octubre 27 de 1901. 


455 






Delmira Agustini 

Legión Etérea 

Etérea, sí, celeste, es la delicada legión de personitas 
deliciosas con cuyo desfile nos proponemos encantar a 
nuestros lectores; celeste también es esta página, himno 
triunfal a la hermosura femenina; celeste, porque está 
dedicada a la belleza, regio destello de la divinidad; 
celeste, porque está dedicada a la mujer, encarnación 
sublime de la belleza! 


' MARIA EUGENIA VAZ EERREIEA. 

Es una criatura espléndida, su hermosura es la hermosura regia, 
suntuosa de la mujer de Oriente, de la sultana de cabellos áureos y 
abundantes, de cutis de ámbar y raso, de carnes ricas y mórbidas, 
de pupilas negras como la duda, hondas como el abismo, atrayentes 
como el misterio... Todo en ella es encantador, desde su vigoroso 
talento poético, hasta sus deliciosas extravagancias de niña ligera¬ 
mente voluntariosa; y, pensar que tal vez hay personas lo bastante 
malignas para reprobárselas; j ignorantes! Quitad el fulgor a un 
astro y dejará de serlo; quitad el perfume a una rosa, y será algo 
así como un cadáver embalsamado, como una ánfora espléndida 
pero vacía; quitad a María Eugenia sus caprichos y dejará de ser 
María Eugenia. Como poetisa es ya muy conocida. Nuestro ambiente 
literario le rinde cumplido homenaje: en sus versos hay una fibra, 
una concepción de idea, que hace pensar en la robusta y alta ima- 
gin.ición de un primer poeta: las pasiones adquieren en su alma 
reflectora, no esa deliciosa inconsistencia, esa ligereza quebradiza 
de sentimientos, ese sonar de cristales que parece que se rompen, 
dé la lira vibrada por las manos de una mujer, sino la rica vida 
de sabia atleta que junta el llanto de un dolor, como la exaltación 
insofocable de un amor inmenso como es, grande, vigoroso, como 
no se sueña en una mujer, como quizá no se espera de un hom¬ 
bre mismo. 

Quien la vea pasar en un paseo de moda, con su andar caden¬ 
cioso de voluptuosa cerebral, quien le observa ’'el decir” indolen¬ 
temente armónico de toda su figura en una reunión de sociedad, 
en el teatro, en los conciertos, en los salones, quien se atreva a 
indagar lo que dicen sus tranquilos grandes ojos negros, piensa en 
que la naturaleza no se desmintió al darle un alma y un cerebro 
que sueña y crea por encima de su sexo. En nuestro humilde pen¬ 
sar, María Eugenia Vaz Ferreira ha tomado asiento ya en el Olimpo 
de los dioses. 


456 







if nuevo siglo se aproximaba lleno de promesas. 
Para Montevideo era llegado el tiempo de una 
provinciana "belle époque". Los textos de Teófilo 
Díaz, Roberto de las Carreras, Samuel Blixen son 
los testimonios regocijantes que nos guían en su 
comprensión. 


ENCICLOPEDIA 



URUGUAYA 


Copyright Editorial ARCA S. R. l., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en e! Art. 79 de la ley N9 13,349. (Comisión del Papel) 
Inero de 1969,